miércoles, 11 de agosto de 2010

Tócala otra vez, Louis...


Caminando por tu ciudad. Paseando por sus aceras, puedes contemplar lo grande que puede llegar a ser el género humano y lo bajo que, a veces, podemos llegar a caer. Puedes transitar por la acera de la izquierda o por la derecha, no importa. Algo a toda vista tan sencillo como la elección de la vía por la que vamos a transitar se convierte frecuentemente en un asunto de capital importancia. El laberinto bioquímico que lleva a la activación de estas sinapsis en lugar de aquellas resulta ser un malabarismo electroquímico que escapa a nuestro conocimiento. Pura pornografía molecular.


Es por eso que a veces me siento a pensar y me deprimo. Me vengo abajo incapaz de soportar esa contradicción. Hay algo en mí que se resiste al reduccionismo conductista que significa depender del medio, del estímulo. Ser meras máquinas reactivas. Tiene que haber algo más. Somos alma, somos materia, somos azar y necesidad. O no.


Entonces camino por mi ciudad. Sin rumbo fijo. Queriendo estar a solas con mis moléculas y mis sinapsis. Intentando fijar conocimientos, revolviendo en la maraña de acertijos que guardo en la sesera. Cuando de pronto me fijo en una pareja. Se están haciendo una foto delante de un conocido monumento. Él la enfoca desde lejos, amenazante con su cámara de última generación, de diez millones de megapíxeles comprada por Internet. Ella sonríe tácitamente. Con pose de artista. Algo no va bien. Su cara refleja una mueca extraña, mezcla de ardor de estómago y dolor de muelas. Tal vez le haya sentado mal la mezcla de café solo y zumo de naranja que ha desayunado. O tal vez no.


El muchacho la anima a poner la mejor de sus sonrisas. “Sonríe cariño. Ya verás… van a flipar cuando vean las fotos, lo bien que lo estamos pasando. ¿eh?”

Es estúpido ponernos a polemizar sobre las relaciones de pareja. Todo el mundo tiene sus más y sus menos. Yo me quedo con la foto. La sonrisa. ¿Por qué sonreímos delante de la cámara? ¿es quizás un reflejo innato? ¿un acto mecánico adquirido?.


Las razones que llevan a nuestro cerebro a ordenar a un centenar de músculos faciales que se contraigan y fuercen la mueca son oscuras y siniestras. Existe algún tipo de terror ancestral cuando vemos blandir ante nosotros una cámara de fotos, algo que nos empuja a sonreir, no vaya a ser que parezca que “no me lo estoy pasando bien”. ¿Una reacción química?, ¿una respuesta ante un estímulo amenazador? . Una realización extrema de lo que es una mueca de terror. ¿Somos más simples de lo que pensamos? . O no.


Ciertos pájaros de mi barrio acostumbran a desplegar su repertorio de trinos más selecto al alba. Ese momento en que empiezan a despuntar los primeros rayos de sol despierta en ellos un estado de ánimo peculiar. Al igual que los gallos cantan al amanecer. Este trino es peculiar, una especie de aviso. Estás acabado y lo sabes. Llegas a casa sin dinero en el bolsillo y con neuronas muertas de más. Curiosa asociación de ideas.

Lo que resulta más curioso es que ese mismo patrón de conducta se repite al atardecer. Cuando la intensidad lumínica es similar a la de un amanecer. Nuestros amigos alados despiertan de su siesta postpandrial y tiran de tablas y repertorio. No vaya a ser que piensen que no se lo están pasando bien.

“Sonríe cariño, está saliendo el sol…”

2 comentarios:

  1. Que gran foto ;) Seguro que se lo esta pasando bien...

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